Reparen, al fondo, en la connivencia del rapero con el crucifijo de oro al cuello.

Corría la segunda década del tercer milenio de la cristiandad, mucho antes de los tiempos del papa espacial, cuando el trono papal de Francisco I fue usurpado al grito de “quien fue a Padrón, perdió el sillón”, culminando una gran conspiración. El autoproclamado papa Juan Pablo III hizo su primera comparecencia pública a la mañana siguiente, se asomó al balcón de la Plaza de San Pedro y propinó a la expectante multitud: «Glorificad al puto papa, ¡bitches!».

No tardó en alinearse con dictadores y presidentes de diputación, maldijo a ateos y madres solteras y convirtió el Estado de la Ciudad del Vaticano en un parque temático; con casinos, y furcias. Le dio a la pobreza la categoría de pecado mortal, redistribuyó la riqueza —«todo para mí»— y conminó a los conventos a dejar de rezar y ponerse a trabajar «que los cálices de platino no caen del cielo y mi garganta tiene que estar bien lubricada para amenazar a las abortistas con el infierno». Sació sus pulsiones fetichistas besando cientos de pies, hizo turismo sexual a gastos pagados, restó importancia a los abusos a menores con un «son chiquilladas» y fue aclamado por las masas al canto de «Juan Pablo, III, te quiere el mundo entero». Idolatrado por sus fieles durante su largo pontificado, también fue más respetado que cualquier otro papa por los no católicos, que le agradecieron que llevara un poco de mesura al Vaticano y abandonara el tradicional discurso farisaico de la Iglesia.