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A ver qué cuenta el telediario [On]: “esta tarde han prendido a la hija del rey” [Off]. ¡Cabrones!, esto no va a quedar así. ¿Pero qué puedo hacer yo?, solo soy un hom… ¡Mira qué quedó ahí ayer!, y ya está extendida, preparada para tomar. ¡Aaaah!, además despeja la nariz que da gusto. Ahora los problemas son mucho más pequeños. Vamos.

Ya está la típica vieja jodiendo, no tiene nada que hacer en todo el día y justo se pone a ocupar toda la acera andando a paso de tortuga cuando tengo que salvar a una dama en apuros. ¡Zas!, de una patada le quito el bastón y de otra la echo debajo de un coche aparcado en cuanto besa el suelo. No estoy para perder el tiempo en chorradas. Qué honorable este, pretendiendo reprenderme por haberle pegado a una viejecita. Toma bastonazo en el pescuezo. ¡Je, je!, parece la fuente de la alameda, aunque el chorro es rojo. No hay tiempo que perder, atajaré por el parque a toda pastilla.

—¡Mamá, ven a jugar conmigo en el balancín! —grita una chiquilla sentada en uno de los extremos.

Al llegar a su altura, salto en la punta opuesta sin reducir la velocidad de la carrera y continúo la marcha con la niña todavía volando. Parece que tiene pensado amortiguar la caída con la voz… ¡Críos!

Qué mono ese bebé jugando en la arena, es una lástima que se vaya a hacer mayor y gilipollas. Habrá que ahorrarle trabajo a mi futuro yo. Aterrizo sobre su cuerpecito con los pies juntos, ¡plop!, y prosigo con una zancada aún más grácil.

¡Pero qué cojones!, ¡¿qué hace toda esa gente interrumpiendo el paso!? Una manifestación en favor de la república, ¿eh?, me va a llevar una vida cruzar por ahí. ¡Qué suerte, una furgoneta de los antidisturbios sin nadie dentro! Yo enciendo la sirena, el que no se aparte ya sabe lo que le toca. ¡Ni-no-ni-no!, los primeros que me llevo por delante son los propios policías, “compañeros” dicen, ¡ni-no-ni-no!, manifestantes volando en todas direcciones, ¡ni-no-PLOF-niiiiuuuuu!… ¡Menudo sitio para poner un muro! ¡La madre que los parió! Veamos que hay aquí atrás: chalecos, cascos… ¡mariconadas!, una escopeta de pelotas de goma, esto sí que puede valer si la mejoramos un poco. Voy a tener que ir por las alcantarillas, no quiero encontrarme con el perturbado ese del que hablan en la radio.

Rocío la pelota con el whisky de mi petaca, le prendo fuego con el cigarro y la disparo contra el guardia, ¡en el medio y medio de la cara!

—Ya es libre, alteza.