Una mirada al hombre de los ojos torcidos

Estamos ante un filme —o tal vez un serial— folletinesco que nunca se llegó a completar. Lo que podemos degustar es el material en crudo de una de las cámaras de nitrato de la filmación perteneciente a la colección de la Cinemateca Portuguesa-Museu do Cinema, ordenado sin más conforme la historia de Reinaldo Ferreira (O Mistério da Rua Saraiva de Carvalho). También se añadieron rótulos explicativos de la acción —situados antes de que acontezca— y del material que no se llegó a rodar. Es inevitable acordarse de Feuillade ante O Homem dos Olhos Tortos, pero sería un error quedarnos ahí.

Para determinadas filmografías 1918 era un año todavía temprano en su desarrollo cinematográfico. Puede que por ello nos sorprenda todavía más encontrarnos con O Homen dos Olhos Tortos, un film que habría ocupado un lugar importante en la era silente portuguesa si se hubiese llegado a completar.

Cartel de Fantômas, serial de Louis Feuillade (1913-14)

El protagonista del film es el detective Gil Goes. La historia comienza una noche en la que ve cómo tres encapuchados salen de una mansión portando lo que parece ser un cadáver. Los sigue hasta un descampado donde lo descubren y atacan. Antes de desmayarse, Goes repara en el rostro de uno de ellos: un hombre con los ojos torcidos. Al despertar a la mañana siguiente, el detective comienza las pesquisas por su cuenta. Se infiltra en los bajos fondos de la ciudad para intentar obtener información. Tira del hilo hasta dar con un sistema de conductos subterráneos.

En esos túneles encuentra una celda, donde está recluido un chaval. Gafanhoto tuvo una vida complicada: su padre los abandonó antes incluso de nacer él, su madre se casó con otro hombre años después y se mudaron a Sevilla, donde le contaban continuamente chistes sin gracia que remataban dedicándole un «¡qué esaborío, hiho!». Por si no fuese suficiente, su padre adoptivo lo hizo socio del Betis y cada fin de semana tenía que ver los partidos en compañía de un niño de la zona, el Manué, que pasaba el día empeñado en conseguir que le pusiesen su nombre a alguna cosa. Cuando su padrastro murió en un duelo a navaja, Gafanhoto intentó huir de su destino miserable marchándose a Madrid. Tampoco tuvo suerte allí, acabó enrolado en una banda de ladrones laístas que lo iniciaron en el robo. De vuelta a Lisboa, intentó montar un negocio honrado; mas cuando se vio obligado a echar el cierre a su mercería, tuvo que volver a los hurtos. Un día intentó robarle a la persona equivocada, un hombre de mirada peculiar, que lo raptó y lo encarceló allí. Goes se apiadó de él y le ayudó a escapar. En su huida dieron con una oficina donde descubrieron que el grupo criminal era en realidad una banda de espías alemanes. El detective cogió algunos documentos probatorios y salieron de allí. Goes tomó al chaval como su ayudante.

La historia sigue los preceptos del folletín. Goes y Gafanhoto intentarán desbaratar los planes de los espías germanos y esto derivará en las intrigas habituales: damas misteriosas, genios del mal, persecuciones, revelaciones familiares…

Es complicado valorar O Homem dos Olhos Tortos como filme inconcluso que es. Además del material que no se llegó a rodar, el filme no está montado. No obstante, en este metraje en crudo hay muchas cosas de interés, incluidas las tomas repetidas. Llama la atención que la cámara huya del estatismo que cabría esperar. Se mantiene continuamente en movimiento: la sacaron a las calles lisboetas e incluso grabaron persecuciones en el Tajo. Está llena de ángulos y encuadres poco convencionales. Muchas veces el espectador será partícipe de las pesquisas: creerá estar vigilando, agachado en algún rincón de la capital lusitana, o incluso espiando tras el hombro del villano. Podemos disfrutar con los detalles de rostros, fragmentación corporal, juegos con la profundidad de campo… esas cosas que sabrá apreciar mejor alguien formado en la imagen y no un paleto simple aficionado como yo. Hay tomas maravillosas.

La importancia d’O Homen dos Olhos Tortos va más allá de su valor histórico. Si sabéis dónde os metéis —que es el contenido de una cámara, no un filme como tal—, recomiendo que le deis una oportunidad, sobre todo si tenéis inquietudes cinematográficas (veo que Roberto Amaba también la vio durante el último curso cinematográfico delirante, y apuesto que la gozó). Para acabar de convenceros, dejo una galería con capturas escogidas —en orden cronológico—.